Aquí, transcribo parte de la página 69 de dos libros, el último que leí y el que estoy leyendo.
El Fin de la Locura, Jorge Volpi.
Todo había empezado unos años antes, cuando Guy-Ernest Debord -todavía firmaba así- tenía veinte años. Era un muchacho delgado, con anteojillos redondos que lo hacían parecer un anticuado profesor de filosofía. A diferencia de la mayor parte de sus coetáneos, había decidido no seguir una carrera universitaria, resistiéndose tanto a la tradición como al prestigio. Mientras Foucault o Barthes se debatían con sus tesis doctorales, Debord deambulaba por las calles de París. No pensaba trastocar el mundo a través de los libros, sino vagando.
Hierba Mora, Teresa Moure.
Y si ese cuerpo de Francine, la autómata, llegase a hablar, le diría: No pienso, papá, no pienso, que sólo puedo repetir los mensajes que tú me dictas en ese disco que insertas en la mitad de mi espalda