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7 de mayo de 2009

Días esplendorosos

Hay una emoción que no se vive en un país como Venezuela, donde el clima es el mismo todo el año y un día despejado de sol es tan normal que apenas se celebra y se aprovecha, porque perdérselo sólo es preámbulo del próximo día esplendoroso que vendrá. Pero por aquí, los días esplendorosos llegan a cuentagotas. Perderse uno de esos días es un lujo que nadie se da, porque después del largo y duro invierno y ante la certeza de lo corto del verano, el día esplendoroso es recibido como una bendición, como un regalo al que no se le dice nunca que no. Entonces, la ciudad se llena de una energía y una vitalidad que asombran. Los parques se atiborran de gente desde que amanece hasta el atardecer como si aquí nadie trabajara y los cafés y restaurantes, que estaban encerrados en sí mismos, de pronto sacan sillas y mesas de no se sabe dónde y se expanden hacia la calle invitándote a sentarte y a disfrutar del aire libre. No contagiarse de esa energía es imposible y esos días bastan para sentir que aguantar el invierno valió la pena.

2 comentarios:

Luis Ordóñez dijo...

Peor aùn Luis Alejandro, como el tiempo no cambia, el tiempo deja de existir. Y entonces no pasa nada.
Asi, veras que para estas latitudes tu tempo de produccion es brutal y atormentador, demasiado rapido, pense comentarte y cuando por fin me puse a la tarea ya habias escrito dos o tres mas! Pero que barbaro!
!hipomanìaco!
Y asi nada cambia..., porque mañana sera igual!

Luis Alejandro Ordóñez dijo...

Ciertamente, si el tiempo no cambia el tiempo deja de existir, deja de pasar, se detiene, hermosa idea. Un abrazo